Y la luna lució amarilla...

Hace mucho, mucho tiempo, en la Edad de Piedra, cuando había mamuts, la Luna ya brillaba en el cielo. Dormía por el día, oculta tras las nubes, e iluminaba la Tierra por la noche. Igual que ahora. Sin embargo, no era tan bonita y amarilla como la vemos hoy. Era pálida y desapacible.

Hace mucho, mucho tiempo, en la Edad de Piedra, cuando había mamuts, la Luna ya brillaba en el cielo. Dormía por el día, oculta tras las nubes, e iluminaba la Tierra por la noche. Igual que ahora. Sin embargo, no era tan bonita y amarilla como la vemos hoy. Era pálida y desapacible.

En aquellos tiempos, la Luna solía tener frío. Temblaba y le castañeteaban los dientes, aunque un angelito le había tejido una bufanda, larga y blanca, y unos calcetines gordos.

Un día, la Luna se resfrió. Estornudaba y tosía tan alto que se la oía desde la Tierra. Los humanos se asustaron porque no sabían que la Luna tenía catarro. Preocupadas, las estrellas miraban la Tierra desde lo alto.

—¡Esto no puede seguir así! —murmuraban entre sí.

Se reunieron con la Luna y estuvieron pensando largo y tendido qué podían hacer. Por fin, una anciana y sabia estrella propuso consultar al Sol.

Al día siguiente, la Luna se levantó dos horas antes de lo habitual para encontrarse con el Sol antes de que este se retirara. Al Sol le encantó recibir la visita de la Luna. El Sol era una persona muy amable, regordete y mayor, al que le gustaba reír y charlar. Le contó a la Luna todo lo que había visto en la Tierra. La Luna sintió que el Sol desprendía una energía cálida y agradable. Y esa calidez hizo que empezara a brillar cada vez más. Nunca se había dado cuenta de lo sola y vacía que se había sentido hasta entonces.

—¡Claro! —pensó—. Las estrellas siempre están juntas en el cielo, las nubes mullidas sobrevuelan los campos en grupos y hasta el viento suele quedar con la tormenta para tomar un café.

Desde entonces, de vez en cuando, si miras al cielo al caer la tarde, puedes ver a la Luna inmersa en una agradable conversación con el Sol.

B. Piegendorfer, Kumhausen