El empresario y el loro

Había una vez un acomodado empresario que vivía solo en una enorme mansión, cerca de una gran ciudad. Era el dueño de un próspero negocio que comerciaba con agua de rosas, azafrán, higos, almendras y pistachos.

Había una vez un acomodado empresario que vivía solo en una enorme mansión, cerca de una gran ciudad. Era el dueño de un próspero negocio que comerciaba con agua de rosas, azafrán, higos, almendras y pistachos. Podría haber sido feliz con todo esto, pero lo cierto es que se sentía solo porque aún lloraba la pérdida de su amada esposa, que había fallecido años atrás.

Un día, se le acercó volando un hermoso loro. Tenía el plumaje verde amarillento, un pico rojo especialmente bonito y un tono azulado detrás de la cabeza.

El loro y el empresario entablaron una amistad que se prolongó en el tiempo. El empresario estaba encantado porque ya no estaba solo, y pasaba hora tras hora enseñando al loro a hablar. Cuando el loro aprendía algo nuevo, de premio recibía un terrón de azúcar, algo que cada vez era más importante para él.

Una tarde, después de un duro día de trabajo, el empresario volvió a casa agotado. Pidió al loro que permaneciera despierto y vigilara la casa y las cosas de valor.

El loro montó guardia toda la noche y no quitó los ojos de la bolsa del azúcar. Sin embargo, de madrugada entraron unos ladrones que robaron en toda la casa sin que nadie los molestara. Se llevaron todo el oro, las telas valiosas, especias y frutos exóticos, pero dejaron la bolsa del azúcar sin prestarle mayor atención.

Por la mañana, el empresario fue de una habitación a otra totalmente escandalizado y se lamentó delante del loro por la pérdida de todos esos bienes. Pero el loro se limitó a responder: —¡Pero te he cuidado la bolsa del azúcar! ¿Acaso no es esa tu posesión más valiosa?