El reloj que se despistó con el cambio de hora

¿Qué pasa cuando un reloj se despista con el cambio de hora? Acompaña a Lola, Tictac y Mimo en una divertida aventura que nos enseña a adaptarnos a los cambios poquito a poco.

El cambio de hora puede resultar un poco desconcertante para los más pequeños, especialmente cuando llega el momento de irse a dormir. Con este cuento infantil sobre el cambio de hora, acompañarás a Lola y a su reloj Tictac en una divertida aventura que nos recuerda que adaptarse a los cambios lleva su tiempo. ¡Una historia perfecta para compartir antes de dormir!

Había una vez un reloj llamado Tictac que vivía en la habitación de Lola.

Tictac era pequeño, redondo y tenía dos agujas que nunca paraban quietas. Le encantaba saber qué hora era en cada momento.

—¡Tic, tac! ¡Hora de despertar!

—¡Tic, tac! ¡Hora de merendar!

—¡Tic, tac! ¡Hora de dormir!

Todo funcionaba a las mil maravillas… hasta que llegó una mañana muy, muy extraña.

—¡AAAAAH! —gritó Tictac.

Lola abrió un ojo.

—¿Qué pasa ahora?

—¡Mis agujas! ¡Alguien ha movido mis agujas mientras dormía!

Lola se incorporó y miró al pequeño reloj.

—¡Ah, claro! Mamá dijo que hoy cambiábamos la hora.

—¿CAMBIAR LA HORA? —exclamó Tictac, tan sorprendido que casi se le cae una aguja—. ¡Pero si yo tenía todas mis horas perfectamente colocadas!

Lola se echó a reír.

—No te preocupes. A veces los relojes se adelantan o se atrasan una hora.

Tictac miró sus agujas.

—¿Y ahora qué hago? ¿Tengo que desayunar dos veces? ¿Saltarme la merienda? ¡Esto es un lío!

—¡Tictac, los relojes no meriendan! —respondió Lola entre carcajadas.

Pero Tictac no estaba nada convencido.

Durante todo el día intentó poner las cosas en orden.

Cuando Lola estaba jugando, anunció:

—¡Tic, tac! ¡Seguro que ya toca recoger!

Cuando Mimo, el gato, se tumbó en el sofá, gritó:

—¡Tic, tac! ¡Despierta, dormilón!

Mimo abrió un ojo, bostezó y volvió a dormirse.

—¡Qué desastre! —suspiró Tictac—. ¡Ya nadie hace caso al reloj!

Y cuando llegó la noche, las cosas se complicaron todavía más.

—¡Tic, tac! ¡Hora de dormir! —anunció.

Pero Lola todavía no tenía sueño.

—Mis ojos no quieren cerrarse —dijo mientras abrazaba a su osito.

Tictac empezó a preocuparse.

—¡Oh, no! ¡Seguro que el cambio de hora también te ha despistado a ti!

Lola lo miró pensativa.

—Pues… puede ser.

Entonces se le ocurrió una idea.

—¡Ya sé! ¿Y si hacemos las cosas que hacemos todas las noches?

—¿Aunque hoy el reloj esté un poco confundido? —preguntó Tictac.

—¡Claro! Podemos probar.

Y así comenzaron su pequeña rutina.

Primero, Lola se puso su pijama de estrellas.

Después, se lavó los dientes haciendo burbujas de espuma.

Y, por último, eligió su cuento favorito y se acurrucó junto a mamá.

Tictac los observaba desde la mesilla.

—¿Y ahora? —susurró.

—Ahora escuchamos el cuento —respondió Lola—. ¿Puedes hacer tu tic, tac un poquito más bajito?

—Tic… tac… tic… tac… —susurró el reloj.

Mamá comenzó a leer y Lola se acomodó entre las mantas.

Cuando terminó la historia, todavía tenía los ojos abiertos.

—Hoy no tengo mucho sueño, mamá.

—No pasa nada, cariño. A veces necesitamos unos días para acostumbrarnos a los cambios.

Tictac escuchó aquellas palabras y se quedó pensativo.

Él había pasado todo el día intentando que las cosas sucedieran exactamente a la hora que marcaban sus agujas.

Pero quizá no hacía falta tener tanta prisa.

—Lola… —susurró—. ¿Y si mañana seguimos un poquito despistados?

La niña sonrió.

—Pues mañana lo volvemos a intentar.

Tictac sonrió también y dejó que sus agujas siguieran avanzando tranquilamente.

—Tic… tac… tic… tac… Pasito a pasito, que no tenemos prisa.

Mimo se acurrucó a los pies de Lola, mamá apagó la luz y el reloj siguió acompañándolos con su sonido más suave.

Poco a poco, Lola cerró los ojos.

Y aquella noche, Tictac descubrió que no pasaba nada por estar un poquito despistado.

Y colorín colorado, ¡este reloj ya no está tan despistado!

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