La princesa y el reloj de las buenas noches

La princesa Lía busca su estrella antes de dormir y descubre que, con calma y paciencia, algunas cosas bonitas siguen cerca aunque no podamos verlas siempre.

En un castillo pequeñito, rodeado de colinas azules y jardines que olían a lavanda, vivía una princesa llamada Lía.

A Lía no le gustaban las coronas pesadas ni los zapatos brillantes. Prefería caminar descalza por su habitación, ponerse su pijama de nubes y asomarse a la ventana antes de dormir.

Cada noche buscaba una estrella.

No era la más grande ni la más brillante del cielo, pero era la suya. Aparecía siempre encima de la torre más alta del castillo, justo cuando la luna empezaba a subir.

—Buenas noches, estrellita —susurraba Lía.

Y después de verla parpadear, cerraba los ojos tranquila.

Pero una noche, cuando el cielo se llenó de azul oscuro, Lía miró hacia la torre y no la encontró.

Miró a la derecha.

Miró a la izquierda.

Miró muy arriba, donde las nubes parecían barquitos dormidos.

Pero su estrella no estaba.

—¿Dónde se habrá metido? —dijo bajito.

Lía se puso su bata suave, cogió una pequeña linterna dorada y salió al jardín sin hacer ruido.

El castillo dormía. Las fuentes cantaban despacio. Las flores movían la cabeza como si también tuvieran sueño.

Primero se encontró con el viento.

Era un viento suave, de esos que no empujan, solo acarician.

—Viento —preguntó Lía—, ¿has visto mi estrella?

El viento dio una vuelta alrededor de la princesa y le despeinó un poquito el flequillo.

—He pasado entre las nubes —susurró—, pero no he visto ninguna estrella perdida. Quizá puedas buscarla respirando más despacio.

—¿Respirando? —preguntó Lía.

—Sí —dijo el viento—. Inspira como si olieras una flor. Suelta el aire como si apagaras una vela pequeñita.

Lía hizo caso.

Inspiró despacio.

Y soltó el aire poquito a poquito.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Entonces siguió caminando.

Junto al estanque encontró a un sapito verde sentado sobre una hoja redonda.

—Sapito —dijo Lía—, ¿has visto mi estrella?

El sapito miró el agua, donde la luna se reflejaba como una moneda blanca.

—No la he visto —respondió—, pero cuando el agua se mueve mucho, no refleja bien el cielo. Si te quedas quieta un momento, quizá puedas mirar mejor.

Lía se sentó junto al estanque.

Dejó la linterna a su lado.

Sus manos descansaron sobre la bata.

Sus pies dejaron de moverse.

Poco a poco, el agua se quedó lisa.

Y en el agua aparecieron la luna, las nubes y un montón de puntitos brillantes.

Pero su estrella todavía no.

—Seguiré buscando —susurró.

Al final del jardín estaba el viejo roble. Era tan alto que parecía tocar la noche con sus ramas.

En una de ellas dormía una lechuza blanca, con los ojos grandes y tranquilos.

—Lechuza —preguntó Lía—, ¿has visto mi estrella?

La lechuza abrió un ojo. Luego el otro.

—Las estrellas casi nunca se pierden —dijo con voz suave—. A veces solo se esconden detrás de una nube. Otras veces esperamos tanto encontrarlas que miramos demasiado deprisa.

Lía suspiró.

—Pero yo la necesito para dormir.

La lechuza bajó volando hasta una rama más cercana.

—Quizá no necesitas verla todo el tiempo. Quizá solo necesitas recordar que está ahí.

Lía miró al cielo.

Había una nube pequeña justo encima de la torre más alta.

Era redonda, suave y blanca, como una almohada viajera.

La princesa respiró como le había enseñado el viento.

Se quedó quieta como le había enseñado el estanque.

Y miró sin prisa, como le había dicho la lechuza.

Entonces, muy despacito, la nube se movió.

Un poquito.

Otro poquito.

Y allí apareció.

Su estrella.

Pequeña, brillante y tranquila.

Lía sonrió.

—No te habías ido —susurró.

La estrella parpadeó una vez.

Luego otra.

Como si respondiera:

—Estoy aquí.

La princesa volvió al castillo con pasos suaves. Subió la escalera despacio, dejó la linterna junto a la cama y se arropó hasta la barbilla.

Desde la ventana, la estrella seguía brillando.

Pero esta vez Lía no intentó mirarla mucho rato.

Cerró los ojos.

Respiró despacito.

Y la imaginó ahí arriba, cuidando de la torre, del jardín, del estanque, del viejo roble y de todos los sueños que empezaban a llegar.

El castillo quedó en silencio.

La luna subió un poco más.

La estrella brilló en lo alto del cielo.

Y la princesa Lía se quedó dormida, tranquila, sabiendo que algunas cosas bonitas siguen estando cerca aunque no las veamos todo el tiempo.

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