El pequeño Juan decía «YO» a todo. Si su madre ponía un trozo de tarta o algún postre en la mesa, Juan siempre decía «YO». Sin embargo, cuando llegaba la hora de ir...
La princesa que tenía miedo a la oscuridad
La princesa Lía tiene miedo cuando llega la noche, pero con ayuda de su familia descubre que las sombras no tienen por qué asustar y que la oscuridad también puede acompañar el descanso con calma y seguridad.
Había una vez una princesa llamada Lía que vivía en un castillo lleno de ventanas grandes, cortinas suaves y pasillos que olían a pan recién hecho por las mañanas.
A Lía le gustaba casi todo del castillo.
Le gustaba correr por el jardín cuando el sol calentaba las flores, escuchar a los pájaros cantar sobre los tejados y sentarse junto a la fuente para mirar cómo el agua hacía pequeños círculos de plata.
También le gustaba su habitación.
Tenía una alfombra blandita, una cama con sábanas de nubes y una estantería llena de cuentos. Durante el día, aquella habitación era su lugar favorito del mundo.
Pero cuando llegaba la noche y la luz se apagaba, todo parecía cambiar.
Las cortinas ya no eran cortinas, sino sombras largas que se movían un poquito. La silla junto a la ventana parecía más grande. Y el armario, que durante el día guardaba vestidos, zapatos y coronas de jugar, por la noche parecía guardar secretos.
Cada noche, cuando el rey o la reina se acercaban a su cama para darle un beso, Lía preguntaba lo mismo:
—¿Podéis dejar una luz encendida?
—Claro que sí —respondían ellos con voz tranquila.
Entonces encendían una lucecita pequeña, tan suave como una estrella, y Lía se quedaba mirando el techo. Pero, aun así, a veces el miedo aparecía despacito y se sentaba a los pies de su cama.
Una noche, Lía llamó a la reina.
—Mamá, creo que la oscuridad ha entrado en mi habitación.
La reina se sentó a su lado y le acarició el pelo.
—La oscuridad no ha venido a asustarte, cariño. La oscuridad llega cada noche para que el castillo pueda descansar.
Lía frunció la nariz.
—Pero hace que todo parezca diferente.
—Eso es verdad —dijo la reina—. La oscuridad cambia los colores, pero no cambia las cosas. La silla sigue siendo la silla. Las cortinas siguen siendo las cortinas. Y yo sigo estando cerca.
Lía miró alrededor.
La silla seguía allí.
Las cortinas también.
Y el armario no se había movido ni un poquito.
Entonces la reina tuvo una idea.
—¿Quieres que descubramos juntas qué hace el castillo cuando llega la noche?
Lía asintió, agarrando fuerte su mantita.
Primero miraron por la ventana. El jardín, que de día estaba lleno de mariposas, ahora estaba tranquilo. Las flores dormían cerraditas, los árboles movían sus hojas muy despacio y la fuente cantaba bajito para no despertar a nadie.
Después escucharon el pasillo. Ya no había pasos rápidos ni risas. Solo se oía el reloj del castillo diciendo tic, tac, tic, tac, como si marcara el ritmo del descanso.
—¿Ves? —susurró la reina—. La noche no está vacía. Está llena de cosas tranquilas.
Lía respiró un poco más despacio.
—¿Y las sombras?
La reina miró la pared.
—Las sombras son dibujos que hace la luz cuando encuentra algo en su camino. Mira esa de ahí. Parece un dragón, ¿verdad?
Lía abrió mucho los ojos.
—Sí…
La reina movió la pequeña lámpara y la sombra cambió.
—Ahora parece un conejo.
Lía soltó una risa bajita.
—¡Y ahora parece una nube!
Desde aquella noche, antes de dormir, Lía y la reina jugaban a poner nombre a las sombras. Una era una montaña. Otra, un barco. Otra, un gigante dormilón que solo quería roncar hasta la mañana.
Poco a poco, la habitación dejó de parecer un lugar extraño.
Seguía siendo su habitación.
Solo que vestida de noche.
Una tarde, el rey le regaló a Lía una pequeña estrella de tela para dejar junto a la almohada.
—No es una estrella mágica —le dijo—, pero puede recordarte algo importante: aunque no veas todo con claridad, sigues estando segura.
Lía colocó la estrella junto a su mejilla.
Aquella noche, cuando la luz grande se apagó, notó que el miedo quería entrar otra vez. Venía de puntillas, como siempre.
Pero Lía respiró despacio y miró a su alrededor.
La silla era la silla.
Las cortinas eran las cortinas.
El armario guardaba vestidos, zapatos y coronas de jugar.
Y la oscuridad no era un monstruo, ni un secreto, ni una puerta a ningún lugar extraño. Era una manta enorme y tranquila que cubría el castillo para que todos pudieran dormir.
—Buenas noches, habitación —susurró Lía.
La habitación no respondió, pero pareció quedarse muy quieta para acompañarla.
—Buenas noches, sombras.
Las sombras se quedaron en la pared, suaves y silenciosas.
—Buenas noches, oscuridad.
Y, por primera vez, la oscuridad no le pareció tan grande.
Lía cerró los ojos, abrazó su estrella de tela y escuchó el tic, tac del reloj del castillo.
Tic, tac.
Tic, tac.
Como un corazón tranquilo.
A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana y pintó la habitación de dorado. Lía abrió los ojos, miró la silla, las cortinas y el armario, y sonrió.
Todo estaba donde siempre.
Aquella noche, cuando llegó la hora de dormir, la reina se acercó a su cama.
—¿Quieres que dejemos la lucecita encendida?
Lía lo pensó un momento.
—Sí, pero solo un poquito. Para que las sombras puedan dibujar nubes.
La reina sonrió y le dio un beso en la frente.
—Buenas noches, mi princesa valiente.
Lía cerró los ojos.
Y mientras el castillo entero se iba quedando dormido, la oscuridad entró despacio en la habitación, no para asustarla, sino para sentarse a su lado y guardar silencio hasta la mañana.