El pequeño Juan decía «YO» a todo. Si su madre ponía un trozo de tarta o algún postre en la mesa, Juan siempre decía «YO». Sin embargo, cuando llegaba la hora de ir...
La princesa y el reloj de las buenas noches
La princesa Lía aprende, con ayuda de un reloj mágico, a guardar el día poco a poco y dejar que la noche la acompañe hasta los sueños.
En un castillo pequeñito, con tejados azules y ventanas redondas, vivía una princesa llamada Lía. Durante el día le gustaba correr por el jardín, pintar flores inventadas y escuchar cómo el viento movía las hojas de los árboles.
Pero cuando llegaba la noche y el cielo empezaba a ponerse de color violeta, Lía siempre encontraba algo más que hacer.
Un dibujo por terminar.
Una piedra brillante que guardar.
Una estrella que mirar desde la ventana.
—Solo un ratito más —decía, abrazando fuerte a su osito.
Una noche, mientras el castillo se quedaba en silencio poco a poco, Lía escuchó un sonido muy suave.
Tic, tac.
Tic, tac.
Tic, tac.
No era un ruido fuerte ni rápido. Era un sonido pequeño, tranquilo, como si alguien caminara de puntillas por la noche.
Lía miró hacia su mesita y vio un reloj que no recordaba haber visto antes. Era redondo, dorado y tenía una luna pequeñita dibujada en la parte de arriba.
—Buenas noches, princesa Lía —susurró el reloj.
La princesa abrió los ojos con sorpresa, pero no tuvo miedo, porque aquella voz sonaba como una manta calentita.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy el reloj de las buenas noches —respondió—. Vengo cuando el día necesita guardarse despacio.
Lía miró sus pinturas, sus cuentos abiertos y la corona de jugar que había dejado sobre la alfombra.
—Pero todavía no he terminado todo.
El reloj movió sus agujas muy despacio.
—No hace falta terminarlo todo para descansar. Algunas cosas pueden esperar a mañana.
Entonces, una estrellita del reloj se encendió.
—Primero guardamos lo pequeño.
Lía recogió sus pinturas y las dejó en una cajita. Después colocó su corona sobre la silla y puso su cuento favorito junto a la cama.
—Hasta mañana —susurró.
Y la estrellita se apagó suavemente.
Tic, tac.
Una cosa menos del día.
Tic, tac.
Luego se encendió una nube plateada en el reloj.
—Ahora bajamos la luz —dijo.
Las lámparas del cuarto se hicieron suaves, tan suaves que parecían luciérnagas dormidas. Las sombras ya no parecían grandes, sino largas y tranquilas, como si también quisieran descansar.
Lía se metió en la cama con su osito.
—¿Y si mañana me olvido de jugar? —preguntó bajito.
—Mañana el día volverá a abrirse —contestó el reloj—. El jardín seguirá ahí. Tus colores seguirán ahí. Y tus sueños también tienen cosas bonitas que enseñarte.
La princesa apoyó la cabeza en la almohada.
Entonces, en el reloj se encendió una ola azul.
—Ahora respiramos como el mar.
Lía cerró los ojos un momento.
Tomó aire despacito, como si oliera una flor.
Soltó el aire despacito, como si moviera una pluma.
Tomó aire otra vez.
Y volvió a soltarlo.
Su osito parecía respirar con ella.
Tic, tac.
La luz bajó.
Tic, tac.
El cuerpo descansó.
El reloj siguió sonando muy bajito, tan bajito que casi parecía una canción.
Fuera, la luna se asomó por la ventana y dibujó un camino blanco sobre el suelo. Las flores del jardín cerraron sus pétalos, los pájaros escondieron la cabeza bajo sus alas y hasta las torres del castillo parecían bostezar.
Lía abrió un poquito los ojos.
—Reloj… ¿tú te quedas?
—Me quedo hasta que lleguen los sueños —dijo él.
—¿Y hacen ruido?
—No. Los sueños llegan de puntillas.
La princesa sonrió y abrazó a su osito un poco más.
El reloj marcó la hora más tranquila de todas, la hora en la que ya no hacía falta correr, ni preguntar, ni terminar nada. Solo descansar.
Tic, tac.
Todo está en calma.
Tic, tac.
La noche te guarda.
Lía imaginó un prado de nubes, un caballo blanco caminando despacio y una luna que repartía mantas de luz a todos los niños del reino. Imaginó que sus pinturas dormían dentro de la caja, que su corona soñaba sobre la silla y que el jardín la esperaba para la mañana siguiente.
Poco a poco, sus pensamientos se hicieron suaves.
Su respiración también.
Y sus ojos, que antes querían seguir mirando estrellas, se cerraron despacito.
Antes de dormirse, Lía susurró:
—Buenas noches, día.
El reloj respondió:
—Buenas noches, princesa.
Y en el castillo pequeñito, con tejados azules y ventanas redondas, todo quedó tranquilo.
Tic, tac.
Tic, tac.
Tic… tac…
La luna cuidaba la ventana.
El osito cuidaba la almohada.
Y el reloj de las buenas noches cuidaba los sueños de la princesa Lía hasta que llegó la mañana.