El pequeño Juan decía «YO» a todo. Si su madre ponía un trozo de tarta o algún postre en la mesa, Juan siempre decía «YO». Sin embargo, cuando llegaba la hora de ir...
La princesa del jardín de las luces dormidas
La princesa Lía no puede dormir y decide visitar un jardín mágico donde las flores se iluminan solo cuando alguien necesita calma. Allí descubre que el sueño no se puede forzar, solo esperar con tranquilidad hasta que llegue.
Había una vez, en un reino donde las noches eran suaves como un susurro, una princesa llamada Lía.
Lía vivía junto a un jardín muy especial.
No era un jardín cualquiera.
En él crecían flores que, al caer la noche, se encendían como pequeñas estrellas.
A ese lugar lo llamaban el jardín de las luces dormidas.
Decían que aquellas luces no brillaban siempre.
Solo despertaban cuando alguien necesitaba calma.
Aquella noche, Lía no podía dormir.
Se dio la vuelta en la cama.
Cerró los ojos.
Los volvió a abrir.
El silencio era profundo, pero su mente no dejaba de moverse.
Los pensamientos iban y venían, como hojas en el viento.
—Duérmete… —susurró.
Pero el sueño no llegaba.
Cuanto más lo intentaba, más lejos parecía.
Entonces recordó el jardín.
Se levantó despacio, con los pies descalzos sobre el suelo frío, y caminó hasta la puerta. Afuera, el aire era tranquilo, con un suave olor a flores nocturnas.
Todo parecía en calma… menos ella.
Cuando llegó al jardín, se detuvo.
Las luces estaban apagadas.
El lugar permanecía en silencio, como si aún estuviera dormido.
Lía sintió un pequeño nudo en el pecho.
—Quizá hoy tampoco… —susurró.
Y se sentó sobre la hierba.
Entonces, muy cerca de su mano, una luz se encendió.
Pequeña.
Suave.
Después, otra.
Y otra más.
No lo hicieron de golpe.
Lo hicieron muy despacio…
como si el jardín respirara.
Lía observó en silencio.
Por primera vez en toda la noche, dejó de intentar dormir.
Solo estaba allí.
Respirando.
Cada vez que soltaba el aire, una nueva flor se iluminaba.
Como si el jardín la estuviera escuchando.
No tienes que hacer nada, parecían decir.
No tienes que buscar el sueño.
Solo quédate…
Las luces brillaban en tonos suaves: dorado, ámbar, un blanco cálido.
Se balanceaban con una brisa ligera.
Todo era lento.
Todo era tranquilo.
Lía se tumbó sobre la hierba.
Sintió el frescor en la espalda.
El aire en la piel.
El silencio que ya no pesaba.
Su respiración se volvió más lenta.
Más tranquila.
Más profunda.
Y sin darse cuenta, dejó de pensar en dormir.
Y entonces…
el sueño llegó.
Muy despacio.
Como se apagan las últimas luces del jardín.
A la mañana siguiente, el sol iluminaba las flores ya cerradas.
El jardín volvía a estar en silencio.
Las luces dormían.
Pero Lía despertó tranquila.
Desde aquel día, entendió algo importante:
no hacía falta perseguir el sueño.
Solo había que dejarle encontrar el camino.
Y dicen que, si alguna noche te cuesta dormir…
puede que ese jardín también se encienda para ti…
muy despacio,
como duerme la luna