La princesa de los zapatos silenciosos

A la pequeña princesa Lía le cuesta dormirse porque no para de saltar y pensar. Con la ayuda de unos zapatitos de terciopelo, el viento amigo y una linda lechuza, aprende a respirar despacio y relajarse para tener dulces sueños.

En un castillo pequeñito vivía la pequeñita princesa Lía. A Lía le encantaban saltar en el granero lleno de paja, las carreras divertidas y el alegre ruidito de sus zapatos dorados.

Tap, tap, tap.

Pero cuando el sol se iba a dormir y la luna encendía sus luces, a Lía le costaba mucho frenar sus pies. Sus pensamientos daban vueltas y vueltas, queriendo jugar un ratito más.

Fue entonces cuando la Reina Luna bajó del cielo y le regaló unos zapatos muy especiales. Eran de un color azul suavecito, esponjosas como el algodón y blanditas como la plumita de un pajarito.

—Son tus zapatitos silenciosos, Lía —le dijo con una sonrisa dulce—. Solo muestran su magia cuando caminas muy, muy despacio.

Muy curiosa, la princesita se puso sus patucos y dio un primer pasito. No se escuchó ni un solo ruidito.

Paso, pasito, paso.

Para comprobar la magia, Lía decidió dar un paseo por el jardín de noche. En el camino se encontró con el Viento Amigo, que balanceaba despacito las ramas de los árboles.

—¿A dónde vas con tanta prisa, princesita? —preguntó el viento haciendo soplos suaves. —Voy a aprender a caminar en calma —respondió Lía. —Para ir despacito, primero tienes que enseñar a tu pancita a respirar como las hojas —dijo el viento sonriendo.

El viento le dio un abrazo transparente y le enseñó un juego muy sereno.

Inspirar, espirar. Inspirar, espirar.

Lía sintió cómo su pechito se llenaba de aire fresco y puro. Sus hombros se relajaron y la prisa de su cuerpecito se fue volando.

Continuó su marcha sobre la hierba mullida. Sus zapatitos casi no tocaban las flores que ya cerraban sus pétalos para dormir.

Paso, pasito, paso.

Al llegar junto al estanque, una linda lechuza con ojitos brillantes la miraba desde una rama.

—Tus pasos son muy silenciosos, Lía —dijo la lechuza acomodando sus plumas—. Pero ¿sabes qué es lo más silencioso de todo? —¿El agua del estanque? —preguntó la princesa. —No, pequeña. La cabecita cuando apaga las tareas del día y descansa —contestó el ave con ternura.

La lechuza le pidió que cerrara los ojitos un instante y escuchara la canción de la noche. A lo lejos, todo estaba tranquilo y en paz.

Shhh... shhh... Shhh... shhh...

Lía sonrió con los ojos cerrados. Sus ideas y juegos de todo el día se convirtieron en pompas de jabón que flotaban suavemente hacia las estrellas.

Sintiéndose ligera y con sueño, la princesita volvió a su habitación. El cuarto olía a flores de manzanilla y su camita con sábanas suaves parecía una nube esperándola.

Lía se quitó los zapatitos silenciosos y los dejó junto a la ventana. Al meterse bajo la manta calentita, descubrió el gran secreto: la magia no estaba en los zapatos, sino en su propia decisión de parar y relajarse.

Cerró los ojitos despacio. Su respiración volvió a encontrar su melodía.

Inspirar, espirar.

Y así, envuelta en la calidez de su habitación, bajo las suaves sábanas, la pequeña Lía se quedó profundamente dormida.

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