El hada de los colores

Gala y Hugo viven en un mundo sin color hasta que conocen a Lina, el hada de los colores. Juntos aprenden que compartir da vida a la magia.

En un valle escondido entre montañas, vivían muchos animales felices... pero había algo extraño: todo era gris. Los árboles, las flores, el cielo e incluso el río parecían pintados con ceniza. Nadie sabía lo que era el rojo, el azul o el amarillo. Así habían vivido siempre.

Un día, mientras jugaban cerca del río, la pequeña tortuga Gala y su amigo Hugo, un topo curioso, vieron una luz brillante que bajaba del cielo como una estrella fugaz.

—¿Has visto eso? —preguntó Hugo frotándose los ojos.

—¡Vamos a ver qué es! —respondió Gala emocionada.

Corrieron (bueno, Hugo corrió y Gala fue lo más rápido que pudo) hasta llegar a un claro donde una figura diminuta flotaba en el aire. Tenía alas brillantes como cristal y un vestido que cambiaba de color a cada segundo.

—Hola, me llamo Lina, soy el hada de los colores —dijo con una sonrisa luminosa—. He venido porque escuché que aquí todo es gris, ¿verdad?

Gala y Hugo asintieron, un poco sorprendidos.

—Pues traigo algo para vosotros —dijo Lina mientras sacudía suavemente su varita mágica.

Al instante, una flor del suelo se volvió roja como una manzana. Luego tocó una hoja que se volvió verde brillante, y el cielo empezó a tener un azul suave y alegre.

Los dos amigos no podían creer lo que veían.

—¡Es precioso! —exclamó Gala—. ¿Puedes enseñarnos más?

—Claro que sí —respondió el hada—, pero hay una condición: los colores solo se quedan si los cuidáis y los compartís con amabilidad.

Entonces Lina les dio a cada uno una pequeña gota de color mágico. Con ella, Gala y Hugo recorrieron el valle, tocando con cuidado las flores, los árboles y las piedras. Poco a poco, todo fue llenándose de tonos vivos: amarillos como el sol, naranjas como las calabazas y lilas como las moras.

Los animales salieron de sus casas maravillados. El zorro se tumbó bajo un árbol violeta. Los patos nadaban en un río turquesa. Las mariposas revoloteaban entre las flores multicolores.

Esa noche, todos se reunieron alrededor de Lina.

—Gracias, hada —dijo Hugo—. ¡Ahora todo es mucho más alegre!

—Y todo gracias a que habéis compartido los colores con todos —respondió Lina—. Eso hace que el mundo sea más bonito.

Luego Lina se despidió con un beso al aire y una nube de purpurina. Desde entonces, cuando veas un arcoíris después de la lluvia, recuerda que los colores también necesitan cariño para quedarse.

Y así fue como Gala y Hugo descubrieron que la magia más bonita es la que se comparte.

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