El pequeño Juan decía «YO» a todo. Si su madre ponía un trozo de tarta o algún postre en la mesa, Juan siempre decía «YO». Sin embargo, cuando llegaba la hora de ir...
La princesa y el peluche guardián
Descubre la historia de Lía y Pipo, un peluche guardián que también tiene miedo. Un cuento para dormir sobre compañía, confianza y valentía.
Había una vez una princesa llamada Lía que tenía un guardián muy especial.
No llevaba armadura.
No tenía espada.
Y, desde luego, no sabía montar a caballo.
Era un pequeño oso de peluche llamado Pipo.
Pipo tenía las orejas redondas, la barriga blandita y un parche azul cosido en una de sus patas.
Cada noche, antes de dormir, Lía lo colocaba junto a su almohada.
—¿Preparado para tu turno?
—Preparadísimo —respondía Pipo.
Porque había algo que nadie en el castillo sabía: cuando llegaba la noche y todo quedaba en silencio, Pipo podía hablar.
Y se tomaba muy en serio su trabajo.
Primero inspeccionaba debajo de la cama.
Después miraba detrás de las cortinas.
Por último, observaba la habitación desde la almohada.
—Todo en orden —anunciaba.
Entonces Lía le daba lo que Pipo llamaba su “abrazo de seguridad”.
Un abrazo muy, muy fuerte.
—Buenas noches, guardián.
—Buenas noches, princesa.
Lía cerraba los ojos convencida de que Pipo pasaba toda la noche despierto, vigilando hasta que salía el sol.
Aunque la verdad era que, cinco minutos después…
—Fiuuu… fiiiuuu…
Pipo también dormía.
Y roncaba un poquito.
Una noche, mientras todo el castillo descansaba, empezó a soplar un viento muy fuerte.
¡Fuuuuuu!
Las ramas del árbol junto a la ventana se movían de un lado a otro.
Ras, ras, ras.
Lía abrió los ojos.
—¿Pipo?
No hubo respuesta.
Alargó la mano hacia su almohada.
Pero Pipo no estaba.
—¿Pipo?
Lía se incorporó y miró alrededor.
Nada.
Entonces vio algo extraño.
Debajo de su almohada asomaban dos pequeñas orejas redondas.
—Pipo, ¿estás escondido?
Las orejas desaparecieron.
—No.
—Estoy viendo tus orejas.
Hubo unos segundos de silencio.
Poco a poco, aparecieron dos ojos negros bajo la almohada.
—Los buenos guardianes también inspeccionamos almohadas —dijo Pipo muy serio.
De repente…
¡Fuuuuuu!
Ras, ras, ras.
Pipo volvió a esconderse.
Lía lo miró sorprendida.
—Pipo…
—¿Sí?
—Tienes miedo.
El osito sacó la cabeza.
—Solo un poquito.
—¿Un poquito?
—Un poquito bastante.
Lía no pudo evitar sonreír.
Nunca había pensado que su guardián pudiera tener miedo.
Pipo salió de debajo de la almohada y bajó la mirada.
—Lo siento, princesa.
—¿Por qué?
—Los guardianes no deberían tener miedo.
Lía se quedó pensando.
Fuera, el viento volvió a mover las ramas.
Ras, ras, ras.
Pipo dio un pequeño salto y se agarró a la manga de su pijama.
Entonces Lía levantó la manta.
—Ven.
—¿Dónde?
—Aquí conmigo.
Pipo se acurrucó entre sus brazos.
—Esta noche haremos guardia juntos.
—¿Los dos?
—Los dos.
Otro soplido de viento recorrió el castillo.
¡Fuuuuuu!
Pipo apretó los ojos.
—Creo que necesitamos un plan —dijo Lía.
—Los guardianes siempre necesitamos un plan.
—Inventaremos el abrazo guardián.
Pipo abrió un ojo.
—¿El abrazo qué?
—El abrazo guardián. Para cuando uno de los dos tenga miedo.
—¿Y cómo se hace?
Lía lo abrazó con fuerza.
—Primero, un abrazo.
Pipo se acurrucó contra ella.
—Eso se me da bastante bien.
—Y después respiramos tres veces muy despacio.
Respiraron una vez.
El viento seguía soplando, pero parecía un poquito más lejos.
Respiraron dos veces.
Las ramas seguían rozando la ventana, aunque ya no sonaban tan fuertes.
Respiraron tres veces.
Pipo abrió los ojos.
—¿Ya está?
—Ya está.
—¿Y el viento?
Lía prestó atención.
Todavía podía escucharlo.
—Sigue ahí.
Pipo se quedó pensativo.
—Entonces el abrazo guardián no hace desaparecer las cosas que dan miedo.
—Parece que no.
—Vaya.
Pipo guardó silencio unos segundos.
Después volvió a acurrucarse junto a Lía.
—Pero me gusta.
Lía sonrió.
Los dos permanecieron abrazados mientras escuchaban el viento.
Al cabo de un rato, Pipo señaló hacia la ventana.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Ahora las ramas parecen dedos tocando un tambor.
Ras, ras, ras.
Lía escuchó con atención.
—Es verdad.
¡Fuuuuuu!
—Y el viento parece alguien intentando silbar —dijo ella.
Pipo soltó una risita.
—Silba fatal.
Los dos rieron bajito.
Poco a poco, la habitación volvió a sentirse tranquila.
El viento seguía fuera.
Las ramas continuaban moviéndose.
Pero debajo de la manta había un abrazo, tres respiraciones lentas y dos guardianes haciendo su turno juntos.
Lía empezó a cerrar los ojos.
Pipo bostezó.
—Princesa…
—¿Mmm?
—Creo que tengo un problema.
—¿Cuál?
—Si tú te duermes y yo también me duermo… ¿quién se queda de guardia?
Lía abrió un ojo y miró a Pipo.
Después le dio un último abrazo.
—Los dos.
—Pero estaremos dormidos.
—Los mejores guardianes también necesitan descansar.
Pipo pensó durante unos segundos.
—Eso tiene bastante sentido.
Se acomodó junto a ella.
—Buenas noches, princesa guardiana.
—Buenas noches, Pipo.
Fuera, el viento comenzó a alejarse.
Dentro, Lía y Pipo cerraron los ojos.
Y nadie supo quién había cuidado de quién aquella noche.
Quizá porque, algunas veces, no hace falta decidirlo.
Fin.