Gingko

Hace mucho tiempo, antes de que hubiera ríos y la única agua que conocieran los humanos cayera del cielo, un niño emprendió la búsqueda de la fuente de toda el agua. El agua de lluvia debía filtrarse en algún punto del mundo, y el niño quería saber dónde se escondía ese lugar.

Hace mucho tiempo, antes de que hubiera ríos y la única agua que conocieran los humanos cayera del cielo, un niño emprendió la búsqueda de la fuente de toda el agua. El agua de lluvia debía filtrarse en algún punto del mundo, y el niño quería saber dónde se escondía ese lugar.

Caminó días enteros por el bosque hasta que acabó agotado de tanto buscar.

Una tarde, el niño se encontraba descansando debajo de un enorme árbol cuando vio algo muy curioso. Delante de él, una larga hilera de hormigas negras marchaba por el musgo. Las hormigas formaban un camino que iba desde las entrañas del bosque hasta el árbol.

El niño las observó sin mover un músculo porque no quería molestarlas. La fila de hormigas desapareció bajo el sistema de raíces del gran árbol, por un pequeño agujero que parecía conectar con el mundo subterráneo.

Despacio, el niño se atrevió a acercarse al agujero y vio que las hormigas regresaban con una gota de agua en las mandíbulas. Se emocionó muchísimo al darse cuenta de que acababa de descubrir el lugar secreto donde quedaba recogida toda el agua caída del cielo. Era el gran árbol gingko, que se alzaba por encima de los demás árboles del bosque, tan alto que a veces se encontraba con el dios del trueno, que lo despeinaba con sus poderosas uñas.

El niño empezó a excavar bajo el gran árbol. Después de muchos días y muchas noches, el árbol, con las raíces ya destruidas, empezó a inclinarse. Finalmente, cayó al suelo con un enorme estruendo.

El niño abrió los ojos como platos al ver caer el árbol porque sabía que el mundo nunca volvería a ser igual. De las raíces del árbol emanaron corrientes de agua, y el tronco era tan ancho y alto que se convirtió en un río. Las ramas y hojas se fueron perdiendo en ese mar que no dejaba de crecer.

Desde entonces, la gente conoce el agua de los ríos y siente un gran respeto por los árboles ginkgo de los que brotó. Y respeta a las hormigas negras que, como un símbolo de tiempos pasados, siguen llevando relucientes gotas de agua entre las mandíbulas.