El pequeño Pascal sueña con la aventura

El pequeño Pascal corría sin parar por todo el jardín. Llevaba todo el día fuera. Había pasado horas y horas jugando al escondite, mirando los peces del estanque, observando a los pájaros y las abejas y, en general, esperando la llegada del verano.

El pequeño Pascal corría sin parar por todo el jardín. Llevaba todo el día fuera. Había pasado horas y horas jugando al escondite, mirando los peces del estanque, observando a los pájaros y las abejas y, en general, esperando la llegada del verano.

Ahora, casi sin aliento, se acercó a su madre y le dio un pequeño codazo: —Vamos a jugar al pillapilla —le dijo.

Pero su madre lo reprendió: —No, Pascal. Es hora de ir a dormir. Entra en casa conmigo. Hay que bañarse, cenar y luego... ¡a la cama!

—¡Pero si no estoy nada cansado! —protestó Pascal—. ¿Puedo ir a correr otra vez alrededor de la piscina?

Pero su madre insistió y Pascal tuvo que entrar en casa.

Estuvo de mal humor mientras se bañaba, aunque normalmente se lo pasaba bien en la bañera. Pero hoy, no. Cenó con desgana y luego se metió en la cama sin protestar. Tenía un plan: cuando todo estuviera en silencio, volvería a bajar al jardín.

En cuanto todo el mundo se durmió, se levantó sin hacer ruido. Primero, se acercó al estanque. ¡Seguro que encontraba más peces y ranas nuevos! Pero, aparte de unos pocos nenúfares, no se veía nada más. Entonces, se dirigió a la piscina, pero allí tampoco había nada. Pascal se sintió decepcionado y dio unas patadas en el suelo, enfadado. Le habría gustado jugar al pillapilla con los pájaros y las abejas.

—¿Qué andas buscando aquí fuera? Detrás de la artesa vio un ratón que le sonreía. Sus ojos brillaban con picardía.

—¡Este es nuestro jardín! —protestó Pascal.

—¡Entonces, píllame! —se rio el ratón—. ¡Píllame si puedes! Y, dicho esto, se dio la vuelta y desapareció por el jardín como un relámpago.

Sorprendido, Pascal se quedó mirando el lugar por donde se había ido el ratón. No se podía creer que ese descarado ratón pudiera correr tan rápido con unas patitas tan cortas.

Un golpe de viento movió la puerta de la caseta, que chirrió. Con un suave chasquido, el viejo picaporte se abrió y la puerta quedó entreabierta. Si entraba, Pascal podría estar con sus juguetes. Pero, en el rato que llevaba en el jardín, había oscurecido y Pascal no veía nada. Se preguntó si los juguetes seguirían allí. Igual todo desaparecía por la noche, por eso ya no se veía absolutamente nada. Estaba un poco asustado, pero también sentía curiosidad.

De repente, una pequeña esfera de luz apareció flotando delante de la puerta. Pascal quería ver mejor aquella extraña luz, así que, armándose de valor, se acercó un poquito más. Todo estaba tan oscuro que, aunque se pusiera una mano delante de los ojos, no la veía. Justo entonces, la luna salió de detrás de una nube y Pascal reconoció los contornos del jardín.

—Todo sigue aquí —susurró, animado—. La noche no se traga las cosas, solo las esconde.

Mientras Pascal estaba echando un vistazo a su alrededor, la esfera de luz voló directamente delante de su nariz. Intentó agarrarla, pero no lo logró. Parecía que la luz quería jugar con él porque, cada vez que Pascal se acercaba, ella se apartaba volando.

—Ya verás, ¡te voy a pillar! —refunfuñó Pascal y, entonces, empezó a dar vueltas y más vueltas sobre sí mismo.

Después de un rato, paró. Se sentía cansado y mareado. La brillante esfera de luz esperó un momento, pero estaba claro que Pascal ya no quería jugar más, de manera que se marchó revoloteando.

Agotado, Pascal se recostó en la hierba y bostezó. Pensó que ya había tenido suficiente por esa noche. No podía dar ni un paso más, así que apoyó la cabeza en la hierba.

Al darse la vuelta, se dio cuenta de que estaba en la cama y que todo había sido un sueño. Satisfecho, y con una sonrisa en los labios, siguió durmiendo, con ganas de que empezara el día siguiente para volver a buscar la esfera brillante y atraparla. ¡Esta vez, seguro que lo conseguiría!

C. Wittmann, Passau